Recientemente terminé de leer la obra de Ikram Antaki titulada "El manual del ciudadano contemporáneo" que pueden encontrar en la sección de filosofía o de ciencia política de la mayoría de las librerías.
Me gusto tanto que no paro de recomendarla y quiero compartir con ustedes una breve referencia de uno de sus capítulos, denominado El poder.
Ciertamente la obra se divide en apartados en los que hace un análisis de diversos factores que conforman la sociedad y el estado, con reflexiones sencillas en el lenguaje pero profundas en cuanto al tema.
Sobre "el poder" dice Ikram en una parte:
Quiero ver en aquel que me gobierna a un promotor de las virtudes de la permanencia, un abogado de los valores de la nación, de la seguridad, de la autoridad, de la transmisión.
A la vez que darse cuenta de la primacía de la política, debe entender sus límites. En una sociedad de varias dimensiones, la política sólo ve una, como un matemático acostumbrado a la geometría plana, pero desarmado frente a los volúmenes. Ni los despertares, ni los sobresaltos, ni las aceleraciones de la historia de deben a ella, como tampoco la evolución de las mentalidades, la transformación de las costumbres, los flujos demográficos o las olas que atraviesan, de vez en cuando la economía.
Debe tener cualidades contradictorias, una firmeza, una inteligencia conceptual, a la vez que un sentido de la improvisación que le ayude a pensar el mundo en lugar de sufrirlo, anticiparlo y no seguirlo. Debe reaccionar frente a las diferentes crisis y frente a la irrupción de lo inesperado, así como responder a lo imprevisto. Debe ser ambivalente, dotado de una capacidad de escuchar, buscando recoger los humores de la opinión y siendo flexible cuando estar trate de comunicarle sus sobresaltos. Debe ser respetuoso de los cuerpos intermediarios y lúcido hasta los límites del compromiso social tradicional, consiente de encarnar la unidad nacional cuando la democracia de opinión deriva hacia la embriaguez, obligado a desempeñar ese papel de garante de la manera menos altiva posible, frente a una sociedad que ya no soporta ni desprecio, ni orgullo por parte de sus dirigentes.
El modelo de la certeza tecnocrática no responde a esta ecuación: le falta imaginación, fineza, prestigio. Aún menos conviene el modelo del político unanimista, porque es demasiado perverso para una función que exige hoy sinceridad y grandeza. Tampoco conviene el tribuno, demasiado inculto y demasiado enamorado de la opinión.
Una sociedad compleja no espera ya una autoridad caricaturesca. Un uso flexible y dúctil del poder significa el tiempo de la tragedia política en cinco actos: reflexionar, consultar, decidir, ejecutar y controlar.
En otra ocasión haré referencia al capítulo de los medios, que resulta también tan interesante como toda la obra. Y no se trata de imponer, sino de prepararnos más para tener un mejor presente, un futuro con esperanza, y dejar la huella de un pasado grande que sirva de ejemplo a nuestros hijos.
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